Sirviendo al Señor en el estudio y la predicación 

La historia de mi vocación dominicana comienza en la Facultad de Teología san Vicente Ferrer de Valencia, sección dominicos. Ahora la Facultad de Teología está unificada en la calle Trinitarios de Valencia, pero hace algunos años tenía dos secciones: sección diócesis, en la calle Trinitarios, y sección dominicos, en el Real Convento de Predicadores. Al ir a estudiar con tantos profesores dominicos, debo decir que no todos los profesores eran dominicos, pero sí la mayoría.

Y allí es donde, poco a poco, se fue cuajando mi vocación dominicana. Porque en el día a día, con frailes predicadores formados, verdaderos hijos de santo Domingo de Guzmán, sirviendo al Señor en el estudio y la predicación, pude ver en qué consistía la vocación dominicana.

En nuestra vida tenemos experiencias fundantes que nos caracterizan en la vida. Son experiencias que, realmente, nos marcan en nuestra existencia. Hay personas a las que una experiencia de oración, de mística, les condiciona tanto la vida, que les lleva a dedicarse a Él en la vida de silencio y oración.

En la vocación dominicana las experiencias fundantes para mí fueron el estudio y la predicación. Uno de los lemas de la Orden, que se lo debemos a nuestro padre santo Domingo es: “contemplad y dad lo contemplado”. Todo cristiano bebe su experiencia de Dios, de Jesús de Nazaret, en la oración. Pero en el siguiente paso, el comunicarlo a los demás, es cuando viene lo determinante de la vocación dominicana.

Comunicar el mensaje de Cristo, la Buena Nueva, el Evangelio de la alegría, se hace por “contagio”. No buscamos un proselitismo que nos haga tener más adeptos, al estilo de los partidos políticos, sino que, precisamente, la alegría se contagia. Es lo que nos ha recordado el Papa Francisco en su exhortación apostólica: la alegría del Evangelio no puede ser para mí sólo, sino que se “contagia”, se trasmite a los demás. Sin embargo, nuestro padre santo Domingo nos dijo con su vida que la comunicación de la Buena Noticia, que la predicación del Evangelio, no puede ser de cualquier manera. Porque es cierto que confiamos en el Espíritu Santo que nos dice lo que tenemos que decir. Pero debemos siempre buscar los contextos, las palabras, y los contenidos adecuados, para que la predicación sea eficaz. Y éste es el núcleo de la vocación que a mí me cautivó. Porque el estudio, a la manera dominicana, tiene una doble perspectiva.

Los dominicos estudiamos, por un lado, para “escudriñar” los secretos de Dios. Mediante el estudio de la Sagrada Escritura y de la Teología pretendemos conocer más a Dios. Pretendemos, con el fruto de ese conocimiento, llevarlo a la contemplación y llegar hasta las intimidades más profundas de Dios. En este sentido, el ejemplo lo tenemos en nuestro hermano santo Tomás de Aquino, quien mediante el conocimiento y la oración llegó a las cumbres de la contemplación.

Fue tan de esta manera, que un día se le apareció Cristo en una visión, y ya nuestro querido Tomás dejó de escribir. Porque había descubierto que al lado de Cristo todo el conocimiento del mundo es nada. Y como decía, el estudio tiene una segunda perspectiva, y es estudiar la sociedad contemporánea para conocer a los hermanos de nuestra sociedad. Para saber cuáles son los anhelos y ansias de este mundo, porque nosotros pensamos, como ya decía el Concilio Vaticano II, estas ansias del mundo, en el fondo son ansias de Cristo. Son ansias de conocer a Jesús. Y el estudio nos ayuda a eso. Así lo hicieron también hermanos nuestros como san Vicente Ferrer o san Luis Bertrán.

Todo esto es lo que me cautivó de la Orden de Predicadores. Y todo esto lo pude apreciar, precisamente, en la relación con tantos dominicos. Con tantas conversaciones sobre Dios que tuve con ellos. Es cierto que es necesario predicar, es necesario hablar con Dios y de Dios. Es necesario hablar y saber hablar.