¿Por qué no ser sacerdote? 

La vocación es como una serie de cuadros que presentan los mismos colores pero con dibujos distintos. Todos tenemos nuestro encuentro personal con el que nos llama y toda una serie de anécdotas y vivencias distintas que nos marcan la senda por la que seguir.

Me llamo Félix, tengo 23 años, estoy en el segundo curso y me siento llamado por el Señor a ser sacerdote. Esta llamada, en mi caso, no fue algo de un día para otro, más bien, fue consolidándose paulatinamente en el trascurso de la adolescencia. Es curioso que en la etapa de la vida en la que todos damos el cambio a la etapa adulta me sintiera llamado a ser un hombre para los demás. La duda, ¿por qué no ser sacerdote?, se respondió rápido en mí, pero dar el paso fue más complicado. Fue complicado porque mi entorno de amigos y de estudios no eran nada favorables a aquello que tenía tan claro. Pero mi verdadero problema era yo. Lo que pensaba que no era nada favorable, en realidad no era así. Mi frontera, era el miedo, el miedo de aceptar mi vocación, y dejar tantas cosas. Pero como toda fruta madura cae del árbol, de esta manera di el paso. Todo lo chocante que parece hoy dar este paso, nadie de los que me conocían les sorprendió. Durante estos años acabé la carrera de historia, y una vez acabada, no había más que pensar o darle vueltas, la cosa estaba clara, ¡me voy al Seminario!

Siempre he sido un “hombre de parroquia”, involucrado en la mayoría de acciones pastorales, como la catequesis, los jóvenes de la parroquia, etc. En estas actividades parroquiales fue donde observé las limitaciones que tenía, frente a las expectativas que esperaba el Señor de mí. Lleno de experiencias, vivencias y razones por las cuales dar el paso, decidí entrar al Seminario y romper mis límites, por seguir a Cristo y poder anunciar la alegría del Evangelio.

Ahora, mirando atrás, veo todos los miedos que tuve. Las reticencias a aceptar la vocación no me sirvieron para nada. Responder a la voluntad de Dios está en nuestras manos, y hoy por hoy, a pesar de que creía que me estaba tirando al vacío, agradezco infinitamente lo que Dios está haciendo conmigo. No tengo otra cosa que dejarme llevar por Él.